El odio, esa emoción terrible que es tan fácil de disparar y
desarrollar. Es lo que mueve dinámicamente muchas situaciones confusas
esperando que al descargar ese odio se
resuelva algo.
El odio es pavorosamente legitimado por los integrismos, ya
sean religiosos o políticos.
Es utilizado como arma arrojadiza por los mandos militares
en la guerra para arengar a las fuerzas contra el enemigo.
En los nacionalismo para reafirmar la diferencia y elevar su
razón de ser como sujetos.
Se basa en percibir una afrenta, en encontrar un enemigo, es
buscar un chivo expiatorio que les libre de esa sensación de malestar e
impotencia, de sufrimiento, de esa manera se consigue justificarlo y
enardecerlo hasta la locura, cuyo resultado final es en forma de guerra o
terrorismo.
Terrorismo, palabra terrible que se aplica fácilmente a
cualquiera, siempre que se interese crear miedo. Hay que ponerla en cuarentena,
pues hay muchos tipos de terrorismo.
Volviendo al odio, ¿Qué lo alimenta? ¿Qué lo ocasiona? ¿Por
qué se le busca y anima tanto, de diferentes formas?
En primer lugar el odio es una patología, una neurosis, es
la expresión de una frustración, de una debilidad no asumida, no asimilada.
Además es aumentada con las proyecciones, las fantasías y
los miedos. Es un proceso instintivo perturbado, los animales no odian, es una
neurosis que salvo escasos sujetos, no es contra uno mismo: sino que necesita a
un “otro”, donde ese otro deviene en enemigo.
Este sentimiento tiene sus raíces en los mecanismos
instintivos territoriales de los mamíferos superiores entre otros.
Pero en los homínidos durante el proceso de la evolución y comenzar el ser humano a tener consciencia, se empieza
a percibir a su grupo como la gente, la familia y a los demás los otros pueblos
como el enemigo, como lo extraño y diferente, algo o alguien que hay que temer.
De hecho el nombre de muchos pueblos naturales quiere decir
en sí la gente, el pueblo.
Ese instinto
territorial transformado por la psique, permanece de forma inconsciente, sin
ser reflexionado realmente, y actúa como un trigger destructivo contra
cualquier otro sujeto o grupo si es activado.
Recordemos el nazismo, Ku-klux-kan, guerra de serbia y el
resto de genocidios.
Los procesos instintivos deberían ser regulados por la
razón, pero un gran número de gente con liderazgo o con carisma los alimenta y
se aprovecha de ellos para facilitar su desarrollo y que diferentes frustraciones
personales encuentren esa vía de expresión.
Fijémonos en que se ha convertido la marea verde
transformadora en el mediterráneo musulmán, manejado por las potencias. En el
odio desatado en Suecia e Inglaterra. Los anteriores desastres en los barrios
marginales en Francia por la
marginación.
El grave problema para solucionar este dilema nace a partir
del hecho de que TODOS nosotros sin excepción tenemos dificultades y miedos en
afrontar la diferencia, el otro.
En asumir el poder compartir espacio, territorio, etc. Lo
que aparentemente sólo es una confrontación racista o nazi, se convierte
después en una confrontación de clases sociales, de roles.
Todos tenemos al
verdadero enemigo dentro, nadie nos libramos de él, y además es taimado y
silencioso. Vil y cobarde, negador, nos dice que nosotros no somos así, que
está justificado nuestro sentimiento.
¿Por qué unas personas manifiestan sin pudor su odio y lo
llevan a la acción y otras no, y lo confrontan dentro de sí?
Básicamente, el hacer consciente nuestras limitaciones,
celos, envidias, inseguridades, etc. Y el trabajar superándolas, el no culpabilizar
al otro de nuestros miedos y fracasos.
El asumir la diferencia y el compartir y poder reconocer al
otro y su diferencia y a nosotros y nuestra diferencia nos permite ver a los
demás como espejo nuestro, como un hermano diferente al que hay que reconocer,
respetar y aceptar.
¿Pero cuantos seres humanos están en esta línea?
Después de miles de años, a pesar de los avances tecnológicos
(positivos como iPad, móvil, etc. Y negativos: armamento sofisticado,
multinacionales abusivas), seguimos salvajes e inconscientes. Y lo que es peor,
dirigentes, educadores políticos, que son conscientes del problema y que
prefieren mantener la situación alejando cada vez más la posibilidad del
estudio real del ser humano, de la reflexión filosófica de una verdadera
educación, en su lugar, sólo se anima y
defiende la paradoja de la superstición (ya sea con máscara tecnológica o
religiosa).
Todos tenemos la responsabilidad en evitar el desarrollo de
este monstruo del odio, que además está alimentado con falsedades y miedos
atávicos.
Bastaría con que cada uno mirara hacia dentro de sí mismo y
viera como se manifiesta en él el fracaso, la diferencia, la duda y la
inseguridad, desvelando esas hojas le verá la cara a su propio odio y lo podrá
conjurar anulándolo. Así el otro, nunca será un enemigo, sino una oportunidad.
Pero esta tarea que es aparentemente sencilla, precisa de
una honestidad y amor a la vida, que está aún por desarrollar. Seamos
optimistas y empecemos a mirar dentro de nosotros.
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